Un posgrado en la universidad del viaje

Un posgrado en la universidad del viaje
Foto Andrés Romero Castro

La experiencia de viajar te sumerge en un mundo de conocimiento y educación no formal.

Vivimos en un mundo donde las personas buscan frenéticamente nuevos estudios de grado y posgrado. Cientos de miles de jóvenes dejan sus vidas de lado para prepararse para el futuro. Se olvidan de la vida real detrás del sueño de ingresar a determinada universidad. Postergan sueños tras la promesa de un futuro laboral inigualable; que muchas veces no llega.

Pero, en ese mismo mundo de búsqueda constante e irrefrenable de la certificación del conocimiento, la educación se encuentra en crisis. Una crisis que tiene como origen no la propia educación, sino los cambios sociales, económicos y culturales. Una crisis que se concentra -de alguna manera- en cómo hacer para generar conocimiento; capacidad de comprender, razonar y pensar.

En este mundo, muchos jóvenes no desisten de la educación. Pero, lo hacen optando por la educación no formal. Identifican las áreas de conocimiento que más les interesa, y comienzan la búsqueda profunda de literatura y experiencias relacionadas. Van eligiendo qué leer, qué estudiar y qué experimentar en función de lo que la propia capacidad de discernir les dicta. Pero, al mismo tiempo, buscan mentores y personalidades que, habiéndose destacado en las áreas de interés seleccionadas, guían ese caminar hacia el conocimiento individual y colectivo.

En este camino, estos jóvenes procuran realizar un posgrado que califican como la mejor inversión de sus vidas. Y no se refieren a matricularse en una universidad de renombre. Se refieren a viajar. Esa oportunidad mágica de absorción de conocimientos y lapidación de los paradigmas absorbidos durante toda la vida.

Estos jóvenes buscan información y mantienen la duda como principal motor para movilizar todas esas ansias por saber y conocer. Son jóvenes -y no tan jóvenes- que van forjando un camino diferente al tradicional, pero no por eso menos válido. Que se sienten confortables al escapar de esa zona de confort que los aleja de la iluminación del saber.

Con el tiempo, son muchas las personas que logran adquirir habilidades sobre pilares bien desarrollados de la teoría pero, sobre todo, la experiencia que brinda la práctica. Personas con gran capacidad de adaptación, y con una forma de pensar tan diferente que pueden proponer soluciones -y aplicarlas- de un modo casi incomprensible por muchos. Son personas que se enfocan en la selección adecuada de la información que reciben; y la transforman en conocimiento, utilizando diversos procesos de análisis y estudio. Y la experimentan. Y comparten. Y disfrutan del camino.

Lo cierto es que -sin desconocer la importancia de la educación formal y la teoría- muchos de estos conocimientos y de estas habilidades surgen -nacen- de los viajes. Del intercambio constante. De enfrentar situaciones desconocidas y saber comprender que todas las personas en el mundo somos más iguales de lo que creemos, y más diferentes de lo que imaginamos. Los viajes enseñan a colaborar, a buscar otro modo de ver el mundo. Nos enseñan a ser humanos.

Por esta razón, nosotros amamos viajar. Porque, además de la experiencia turística, un viaje es uno de los mejores posgrados que puedes hacer. Y en algún momento -si es que ya no sucede- algunas empresas y personas lo valorarán. Y si aún no lo hacen, es una simple cuestión de tiempo.

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